“Uh… ¿no tenés más chico?” me pregunta el taxista. Miro mi mano y veo el billete de 10 pesos. Lentamente muevo la cabeza hasta que la visión periférica me muestra el reloj que marca un claro ocho con setenta y cinco.
Le hablo a su nuca pensando en qué responderle y se me presenta la duda constante de cada viaje: ¿lo miro a la nuca o miro esos ojos inexpresivos que el espejo retrovisor me devuelve, impiadoso? El tipo me habla y yo le respondo a su nuca. Pero hay días que hago un esfuerzo y lo miro al espejito.
Pienso mi siguiente jugada con cuidado y me decido por un “¿Más chico?”. Le pago con la misma moneda y, además, le doy la chance de que lo piense mejor. Pero no. El tipo se mantiene firme y, antes de que que pueda decirle otra cosa, me refriega un “Lo que pasa es que recién salgo, sos el primero que levanto”. Continuar leyendo




