“Si te encuentras buscando algo que no logras hallar, pregúntate si realmente buscas o simplemente evitas” me dijo Wasington Duvobe una fría mañana de Febrero. Era fría no por las condiciones atmosféricas sino porque estábamos encerrados en una cámara frigorífica y no encontraba la llave para poder salir de allí.
Cuando finalmente logramos escapar del encierro, miré a mi maestro quien se había quedado petrificado en la puerta del gigantesco freezer. “Cuando miro a las reses colgadas de esa forma, me recuerda mis viajes en tren una mañana cualquiera de Julio” dijo mientras cerraba la puerta dejando el frío y las vacas muertas adentro.
“Ojalá en la vida uno pudiera o pudiese cerrar una puerta y que sus temores queden atrapados” fueron sus palabras.
Lo acompañé hasta el ascensor y, mientras las puertas se cerraban, Duvobe expresó con sus ojos empañados por alguna lagaña traicionera lo que luego sería el prólogo de su “Manifiesto que me manifiesto” con los que tantos premios lograría algunos años mas tarde: “El ascensor es como la vida misma. Un día te encuentras en la cima y, sin saber bien por qué y sin que tu lo decidas, empiezas a bajar hasta el sótano mas profundo.”





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